El juego como derecho del niño y responsabilidad del docente.
El juego , no es una capacidad natural, sino una capacidad innata. Por lo tanto para que esa capacidad se desarrolle es necesario un otro que le dé sentido a ciertas acciones que el niño pequeño realiza espontáneamente.
De esta manera se suma un significado cultural, que opera como inscripción de ese niño en la cultura a la cual pertenece.
Si bien la única finalidad de el juego es el placer, se podría afirmar que, jugando se producen los aprendizajes más importantes: durante el juego los niños expresan ideas, miedos, enojos, confrontan opiniones, etc.
Teniendo en cuenta la función educativa central que portan las instituciones del nivel inicial, es imprescindible un interlocutor que propicie y favorezca el desarrollo de estos aprendizajes.
El interlocutor, debe ser el docente, quien desde una observación atenta y responsable debe prever espacios y tiempos, recursos y materiales, para la habilitación del juego.
Lo que en el juego aparece es lo más auténtico del pensamiento infantil; lo que “pone en juego” el niño/a es lo que tiene verdaderamente sentido para él/ella.
“Jugar es jugarse, es entrar y salir de la locura” (Eduardo Pavlovsky).
Los juego invitan al encuentro comunicativo, lo que implica una relación entre juego y lenguaje. Al jugar con otros, la necesidad de comunicarse y entenderse para llevar a cabo ese juego, dan sentido a la palabra.
Sería importante pensar en la posibilidad de un Jardín de infantes que esté dispuesto a que lo niños tomen la palabra, y donde el docente, escuche; con observación atenta, para tomar ésto como punto de partida para la organización de diversas actividades. Supone tomar en cuenta el juego, para darle el lugar que posee como muestra de lo que los niños conocen acerca del mundo, recuperar los saberes previos como generador de nuevos aprendizajes.
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